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Los cambios cerebrales de la dislexia podrían ocurrir antes de que los niños aprendan a leer

Los hallazgos de un estudio podrían ayudar a identificar a los niños en riesgo a una edad más temprana

Por Alan Mozes – Reportero de Healthday

Una investigación reciente con imágenes muestra que la actividad cerebral reducida que se asocia con el inicio de la dislexia parece desarrollarse antes, y no después, de que un niño comience a leer.

Partes claves del cerebro en la parte posterior del hemisferio izquierdo que son críticas para el procesamiento del lenguaje no pasan por cambios en la actividad como consecuencia de la dislexia, sino que esto podría ser parte de la causa, sugiere el estudio.

El hallazgo podría en última instancia ayudar a los profesionales clínicos a evaluar a los niños en riesgo a una edad anterior a la lectura, cuando las intervenciones para reducir la gravedad de la afección quizás sean más eficaces.

“Ya sabíamos que los niños y adultos con un diagnóstico de dislexia muestran alteraciones cerebrales en la parte izquierda posterior (trasera) del cerebro”, señaló la coautora del estudio Nadine Gaab, profesora asistente de pediatría del programa de neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard y del Hospital Pediátrico de Boston. “Sin embargo, no estaba claro si estas alteraciones eran un resultado de la dislexia [que] aparece años después de que la lectura falla o si precedían al inicio de la lectura”, anotó.

“[Con esto] podríamos mostrar que preceden el inicio de la lectura”, aseguró Gaab. “Esto sugiere que los niños o nacen con esto o lo desarrollan en los primeros años de vida”.

El estudio, que aparece en la edición del 23 de enero de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, se enfocó en 36 niños saludables que estaban en kínder, de 5 y 6 años de edad, y que aún no habían comenzado a leer.

La mitad de los niños estaban en alto riesgo de desarrollar dislexia, ya que al menos un miembro inmediato de su familia se había diagnosticado anteriormente con la discapacidad. Ninguno de los niños tenían dificultades con la audición ni la visión, y ninguno tenía antecedentes de enfermedades neurológicas ni psicológicas.

Después de completar evaluaciones estándares de las habilidades de lenguaje y vocabulario previas a la lectura, todos los niños participaron en un par de tareas de identificación auditiva. Primero, se les pidió escuchar una voz masculina o femenina que pronunciaba una sola palabra dos veces, y que indicaran luego si las dos palabras sonaban igual. Después, escucharon parejas de palabras y se les pidió que indicaran si el sexo de la voz que pronunciaba cada palabra sucesiva era el mismo.

Durante toda la prueba, los niños también se sometieron a IRM funcional (IMRf) para monitorizar la actividad cerebral, con un enfoque particular en dos regiones del cerebro izquierdo anterior: las áreas occipitotemporal bilateral y la temporo parietal izquierda. Anteriormente, se había mostrado que ambas tienen que ver con la dislexia.

El resultado: Se halló que los niños del grupo de riesgo tenían una menor actividad cerebral en las dos áreas claves del cerebro, en comparación con sus pares de edad y CI similares que no tenían factores familiares de riesgo.

Además, el equipo de investigación halló que entre los niños en edad previa a la lectura en riesgo no hubo evidencia de aumentos en la actividad de las regiones del lóbulo frontal del cerebro claves anteriormente relacionadas con la dislexia. Dijeron que esto sugirió que el método del cerebro para tratar de compensar por los problemas asociados con la dislexia no parece iniciarse hasta después de que los niños comienzan a leer.

“La identificación precoz de los niños en riesgo en kínder o incluso antes ofrece una oportunidad para reducir las implicaciones clínicas, psicológicas y sociales de la discapacidad de leer/dislexia”, aseguró Gaab. “Identificar predictores tempranos también ayudará a educadores, padres y científicos a hallar formas de respaldar el desarrollo académico y cognitivo de los niños con discapacidad de la lectura/dislexia, y también podría llevar a estrategias que reduzcan la gravedad de la discapacidad de la lectura”.

Guinevere Eden, directora del Centro para el Estudio del Aprendizaje y profesora de pediatría de la Universidad de Georgetown en Washington, D.C., expresó entusiasmo por lo que consideró “el primer estudio de su tipo”.

“La pregunta siempre ha sido si estos cambios fisiológicos son resultado de la dislexia o si están ahí desde el principio”, señaló Eden, quien también es ex presidenta inmediata de la Asociación Internacional de la Dislexia (International Dyslexia Association).

“Lo interesante de este estudio es que mediante herramientas no invasivas pudieron hallar el tipo de diferencias que se han mostrado en personas de más edad con dislexia, y aparentemente ya se hallan en los niños en riesgo de dislexia antes de que incluso aprendan a leer”, dijo Eden.

“Y esto significa que han hallado una característica fisiológica para un niño que probablemente esté en riesgo de dislexia, algo que será muy útil para lo que todos en realidad desean hacer, que es identificar y tratar a los niños con dislexia lo antes posible”, añadió Eden.

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Dolor de pecho en los niños: ¿cuándo es necesario alarmarse?

Written by salud infantil on November 8th, 2011 in Pediatria.

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Dolor de pecho en los niños: ¿cuándo es necesario alarmarse?

Aunque es raro un origen cardiaco, hay que acudir rápido al médico cuando el dolor torácico se acompañe de fiebre, sudoración, dificultad respiratoria o frecuencia cardíaca rápida

Tensión muscular o asma. Esos son los motivos por los que la mayor parte de los niños sufren dolor en el tórax. La causa que más temen los padres, una dolencia cardiaca potencialmente letal, solo ocurre en un porcentaje muy bajo. Pero a pesar de que en la mayoría de los casos se trata de un malestar benigno, la ansiedad que genera ese “dolor en el corazón” lleva a la mayor parte de progenitores a consultar al médico. Conocer los motivos más frecuentes de este malestar podría ayudar a rebajar la angustia.

Por NÚRIA LLAVINA RUBIO

Un estudio reciente publicado en la revista “Pediatrics”, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Harvard (EE.UU.), ha concluido que la gran mayoría de los niños que acuden al hospital con dolor torácico reciben el alta con diagnósticos no cardíacos. De los 3.700 niños y jóvenes entre 7 y 22 años de edad evaluados por dolor de pecho en el Hospital Pediátrico de Boston entre 2000 y 2009, solo 37 casos (un 1%) se debieron a una causa cardíaca. Aunque en general este malestar infantil no es grave, provoca mucha ansiedad a los progenitores y, a largo plazo, puede generar costes hospitalarios innecesarios.

En la mayoría de las consultas, el dolor se relacionó con molestias musculoesqueléticas (en 1.345 de los niños), problemas cardiopulmonares (242), gastrointestinales (108), ansiedad (34) y consumo de drogas (4). En 1.928 casos, la causa no se pudo determinar y tampoco hubo ningún fallecimiento.

Los investigadores apuntan que las muertes recientes de atletas jóvenes en EE.UU., igual que ha sucedido en España, pueden aumentar el temor de los progenitores a un evento cardíaco letal. También estudios que recogen el aumento de los problemas cardiovasculares en la juventud debidos a la obesidad pueden influir en este miedo. Los investigadores afirman que en los últimos años las visitas al hospital por este motivo han aumentado de forma destacada.

Dolor torácico infantil

A diferencia del dolor torácico infantil, en los adultos puede ser una señal importante de enfermedad cardiovascular, según la American Heart Association. La sensación, por lo general, conlleva incomodidad en la parte central del pecho, que dura más de unos minutos y podría incluir molestias en uno o ambos brazos, falta de aire, náuseas, mareo o fatiga.

Hay formas de que los padres puedan determinar si detrás del malestar hay una causa cardíaca. Los especialistas estadounidenses señalan que una de las maneras consiste en presionar el tórax. Si el dolor se reproduce, indica que no es un problema cardíaco. Si el episodio es breve o el niño puede moverse y participar en las actividades diarias, a menudo, no tiene un origen cardiaco: el que precede a un ataque cardíaco es persistente y agudo. Las señales de ataque al corazón no siempre se registran en el pecho, sino que pueden desarrollarse en el brazo, en la parte posterior de la mandíbula o en el abdomen.

Las señales de peligro son: dolor en el tórax con fiebre (en el caso de una neumonía), sudoración, dificultad respiratoria o una frecuencia cardíaca rápida. No obstante, pese a que se debe acudir al médico de inmediato, es poco probable que en niños el episodio se deba a una causa cardiaca.

Cuándo acudir al médico

Según la Asociación Española de Pediatría, AEP, las causas más frecuentes de dolor torácico son las musculoesqueléticas por traumatismo o sobrecarga provocada por actividad excesiva o repetitiva de músculos, ligamentos e inserciones; respiratorias, sobre todo por tos y asma; gastrointestinales (reflujo gastroesofágico y esofagitis); de origen desconocido; y psicógenas, por fenómenos desencadenantes estresantes, como tensiones ambientales o conflictos personales. Se manifiestan con mayor frecuencia en el período prepuberal y la adolescencia y, sobre todo, en las niñas. La mayoría de estas molestias remiten, pero en ocasiones se recomienda asistencia médica. ¿Cuándo?:

  • Cuando el mal no desaparece y/o afecta a las actividades cotidianas y habituales del niño o adolescente.
  • Cuando es fuerte y surge de manera brusca, o despierta al niño o adolescente.
  • Se acompaña de fiebre.
  • El padecimiento es repentino, durante una actividad extenuante y/o se acompaña de un desmayo.
  • El ritmo cardíaco está muy acelerado, hay mareo y sudor o, incluso, vómitos.
  • Hay dificultad respiratoria.
  • Hay somnolencia no habitual, debilidad o irritabilidad.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Qué debo hacer si mi hijo tiene dolor en el pecho? Primero, no hay que alarmarse. En niños suele deberse a una causa benigna. Las enfermedades del corazón u otras patologías graves son poco probables. Solo si se desarrollan los síntomas de alarma citados debe consultarse de forma urgente con un médico. Para el resto, puede consultarse con el pediatra si hay alguna duda.

¿A qué tipo de médico hay que consultar? Por lo general, es mejor comenzar con el pediatra o médico de familia. La mayoría de los niños con este padecimiento no necesitarán los servicios de un cardiólogo. No obstante, si es necesario un especialista, el pediatra o médico de familia decidirá el más apropiado.

En caso de acudir al médico, ¿qué debe esperarse en la consulta? La evaluación comienza con una historia completa del problema y una evaluación física. Tras estos pasos, puede variar de forma notable en función de los hallazgos iniciales. En algunos casos, pueden ser necesarias una radiografía de tórax, electrocardiograma o estudios de la función respiratoria.

Y una última pregunta: ¿qué hacer si el hijo describe de manera específica “me duele el corazón?”. Para muchos niños pequeños, el corazón es el órgano más identificable en el pecho, por lo que pueden usar esta frase para referirse a cualquier molestia en la zona torácica.

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¿Por qué no quiere Pedrito ir a la escuela?

Written by salud infantil on October 18th, 2011 in Pediatria.

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¿Por qué no quiere Pedrito ir a la escuela?

Los niños plagados por malestares físicos los días de semana podrían tener un problema de ‘evitación de la escuela’

Por Amanda Gardner – Reportero de Healthday

Con frecuencia, los síntomas no son alarmantes: dolor de cabeza, dolor de estómago, fatiga. Pero tienden a presentarse los días de semana, específicamente cuando el niño debería estar de camino a la escuela.

Los psicólogos lo llaman evitación de la escuela, y puede tomar distintas formas en muchos grupos de edad.

Es difícil sacar cifras concretas, pero la evitación de la escuela “sigue siendo un problema grave”, aseguró Alan Hilfer, director de psicología del Centro Médico Maimonides en la ciudad de Nueva York. “Estamos más sintonizados con esto, más conscientes de los factores que posiblemente influyan sobre la asistencia a la escuela”.

Los profesionales escolares también pueden ofrecer más respaldo hoy en día, aseguró.

Con frecuencia, los niños que evitan la escuela reaccionan a la presión, ya sea real o percibida.

“Hay muchísima presión… en lo académico, la apariencia, las actividades”, comentó Mark Goldstein, psicólogo clínico infantil de Chicago. “Muchas veces, los niños simplemente están abrumados . . . Y si un niño es proclive a la ansiedad, sobre todo si hay una predisposición genética, hay mayores probabilidades de que se precipite la ansiedad”.

La evitación de la escuela se presenta en un continuo, apuntó Goldstein.

En un extremo está el niño pequeño que experimenta una ansiedad de separación dolorosa pero predecible cuando va a la escuela por primera vez.

En el otro extremo, señaló Goldstein, “está la verdadera fobia social, que es un trastorno mucho más grave. Algunos niños se rehúsan a ir a la escuela”.

Y entre estos dos extremos hay de todo, “desde un niño a quien acosan o molestan en la escuela, [o] niños ansiosos sobre un evento particular en la escuela, como tener que vestirse para la educación física”, señaló Goldstein. “A veces, simplemente se trata de no estar preparado para un examen o una prueba, y consciente o inconscientemente de repente no desean ir a la escuela”.

Varios estudios han detectado un aumento en la evitación de la escuela en la intermedia y la secundaria, según la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y del Adolescente (American Academy of Child and Adolescent Psychiatry), pero Hilfer dijo que una mayor concienciación quizás sesgue las cifras.

Los padres que intentan diferenciar entre dolencias físicas legítimas y los síntomas de la evitación de la escuela deben comenzar por el médico del niño, aconsejan los expertos. “Si no hay factores físicos, y el pediatra ha descartado cualquier cosa digna de mención, y los ‘dolores de cabeza’ persisten, se puede suponer algún problema psicogénico”, apuntó Hilfer. “Eso no quiere decir que el niño no tenga un dolor de cabeza, simplemente que hay que abordar las causas”.

Los tratamientos dependen tanto de los motivos de la evitación como de la edad del niño.

Tener problemas con el trabajo académico podría indicar una discapacidad del aprendizaje, que debe ser diagnosticada y abordada antes de que el niño pueda sentirse cómodo en la escuela.

“Es muy importante saber por qué piensan que la escuela es un lugar tan horrible, por qué se sienten como fracasos en la escuela”, planteó Hilfer.

Para los niños muy pequeños que tienen miedo de estar lejos de casa y de mamá, simplemente hablarles y exponerles gradualmente a la nueva situación, por ejemplo vestirse y conducir hasta el edificio sin entrar, podría calmar la ansiedad, aseguró Melissa Robinson-Brown, profesora asistente de pediatría y psiquiatría del Centro de Salud del Adolescente Mount Sinai en la ciudad de Nueva York.

A veces, las intervenciones conductuales dirigidas a reducir la ansiedad pueden ayudar a niños pequeños y mayores. Esto podría incluir meditación para calmar al niño, relajación muscular, hipnoterapia, autohipnosis o terapia cognitivo conductual (TCC), señaló Goldstein. En la TCC, el terapeuta ayuda al paciente a cambiar los patrones negativos de pensamiento.

En los casos más extremos, por ejemplo cuando un niño es acosado por una pandilla o debido a la orientación sexual, quizás sea necesario que la escuela intervenga. A veces, los niños tienen que ser transferidos a otra escuela, apuntó Hilfer.

Los niños que tienen una clara fobia social pueden “sentir un pánico genuino, literalmente ser incapaces de ir a la escuela”, advirtió Hilfer.

Una vez más, las intervenciones conductuales podrían resultar beneficiosas para el niño. Algunas escuelas también modifican los horarios, a veces permitiendo a los estudiantes trabajar desde casa, apuntó Hilfer.

Si la depresión es la raíz de la ansiedad, quizás los padres deban considerar los fármacos, aunque por lo general esto es menos común, dijo Goldstein.

Y a veces los padres necesitan más psicoterapia que los niños.

“A veces trabajo con padres para que reduzcan las expectativas y dejen de presionar tanto a los niños”, señaló Goldstein.

healthfinder.gov

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¿Son normales los tics entre los niños?

Written by salud infantil on October 4th, 2011 in Pediatria.

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¿Son normales los tics entre los niños?

Según un reciente estudio realizado en España, cerca del 17 por ciento de los niños sufre de estos trastornos motores, lo que los convierte en algo bastante frecuente. Los tics son más habituales en los niños que en las niñas y suelen desaparecer o disminuir con la edad, tanto en intensidad como en frecuencia.

Los tics son un trastorno del movimiento, generalmente hereditario, relacionado con el desarrollo neurológico de la infancia. Se caracterizan por movimientos repentinos, convulsivos, excesivos y repetitivos, a veces incluso sonidos. Aunque su causa concreta es desconocida, algunos expertos en la materia localizan el trastorno en el circuito entre los ganglios basales y la corteza motora, donde se produce una supresión de movimiento involuntaria. Los tics fluctúan y aumentan influenciados por el estrés que pueden originar problemas en la familia o en la propia escuela.

Un estudio realizado en colegios de la provincia de Burgos, utilizando una muestra de 1.158 escolares, concluye que el 16,86 por ciento de los niños muestra presencia de este trastorno. Como ha explicado a la agencia SINC la autora principal de la investigación, Esther Cubo, del Hospital General Yagüe de Burgos, “antes se creía que era un trastorno raro y, como únicamente se estudiaba en pacientes que consultaban por ello, solo se veían tics graves. Ahora se ha visto que la mayoría son trastornos leves, que no tienen repercusión funcional”.

El estudio muestra también una incidencia mayor en niños que en niñas y que la presencia de estos trastornos es más común en centros de educación especial, donde las cifras han alcanzado el 20,37 por ciento. Los diagnósticos más graves son los tics motores crónicos, un 6,07 por ciento, y el síndrome de Tourette, con un 5,26 por ciento. A medida que van pasando los años, en todo caso, los tics suelen desaparecer o mitigarse.

muyinteresante.es

Salud y Diabetes

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¿Cómo prevenir el trastorno en el lenguaje de los niños?

Written by salud infantil on September 15th, 2011 in Pediatria.

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¿Cómo prevenir el trastorno en el lenguaje de los niños?

Álvaro Izquierdo, neurólogo pediatra miembro del Capítulo de Neurología de la Sociedad Colombiana de Pediatría, informó que detectar los retrasos en el habla de los niños es clave para realizar un diagnóstico precoz del trastorno específico del lenguaje.

El especialista señaló que el lenguaje tiene cuatro etapas: querer comunicar, comprender, expresar y hablar claro. Todas ellas son fundamentales para que los niños desarrollen el lenguaje, que según Izquierdo “es el vehículo del pensamiento”.

En este sentido el neurólogo explicó cómo debe ser es el desarrollo del lenguaje en los niños.

“El niños debe decir monosílabos como “pa” entre los 6 y 8 meses, y decir dos sílabas pegadas como “mamá o papá” entre los 8 y 10; y claramente tiene que decir por lo menos tres palabras como “mamá, papá, tete” a los 12 meses. Pero a los doce meses también entienden muchas cosas, cuando le dices “no no” el niño no coge el objeto, es decir no solamente es que emita sonidos sino que entienda lo que tiene que entender”, explicó Izquierdo.

También explicó que aunque el origen del trastorno específico del lenguaje tiene una base hereditaria, esto no justifica que no se pueda tratar a tiempo.

“Muchas veces los papás solamente se dan cuenta que los niños tienen problemas del lenguaje cuando llegan al colegio”, indicó el neurólogo.

No diagnosticar a tiempo el problema puede tener consecuencias a largo plazo en los niños, ya que “muchos tienen problemas de aprendizaje y lectoescritura”.

Como recomendación el especialista agregó que la mejor formar de motivar a un niño a hablar es jugar, hablar con él y observar que el menor responde bien.

rcnradio.com

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Ayudar a los niños a desarrollar su vocabulario

Written by salud infantil on August 24th, 2011 in Pediatria.

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Ayudar a los niños a desarrollar su vocabulario

Escuchar el mismo cuento de manera repetida es muy útil para el desarrollo emocional e intelectual de los más pequeños

Niños que piden a sus progenitores que les lean una y otra vez el mismo cuento o que les piden que les pongan una y otra vez la misma película… Aunque suene a aburrimiento y pueda ser agotador para los padres, lo cierto es que la repetición es un excelente ejercicio que les ayuda en su aprendizaje. Según un reciente estudio, escuchar o ver la misma historia una y otra vez favorece que los niños amplíen su vocabulario y fortalezcan la memoria, entre otros beneficios.

Por JOSÉ ANDRÉS RODRÍGUEZ

Contar cuentos a los más pequeños, además de entretenerles, les ayuda a su desarrollo. No son pocas las virtudes que se les atribuyen: estimulan las capacidades de comprensión y las habilidades comunicativas, potencian la imaginación además de ser una excelente oportunidad para que los niños adquieran el placer de la lectura. Pero parece que esto no es todo. Un estudio reciente de la Universidad de Sussex (Reino Unido) concluye que la repetición de la lectura de los relatos infantiles permite que los niños aceleren el aprendizaje del vocabulario.

A vueltas con el mismo cuento

Para realizar el experimento, se dividió a varios niños de tres años en dos grupos. La tarea de los niños consistía en aprender palabras nuevas. Estas palabras eran inexistentes (por ejemplo, “sprock”, una palabra inventada y que en el experimento se empleó para referirse a una herramienta para mezclar comida). Durante la semana que duró el estudio, los niños de un grupo escucharon tres historias infantiles distintas con las palabras inventadas. Mientras que el otro grupo escuchó siempre la misma narración con las palabras inventadas.

Los resultados mostraron que los niños que habían escuchado siempre el mismo relato recordaban mejor las nuevas palabras que los niños del otro grupo. Así, parece que la repetición del mismo cuento es un factor clave para que los niños mejoren y amplíen su vocabulario. Otras investigaciones han señalado la importancia de que los niños escuchen varias veces la misma historia o vean la misma película, porque les aporta nueva y valiosa información al pequeño sobre las relaciones personales o el funcionamiento de la sociedad. Y, según los especialistas, es normal que no pueda absorber todo ese conocimiento de una sola vez y que necesiten repetir.

Asimismo, es habitual que los pequeños jueguen a lo que han visto en la película o escuchado o leído de un cuento. Esa es su manera de simbolizar, de vivir las informaciones que recibe. En este proceso tan importante para su desarrollo emocional e intelectual, el niño aprenderá lo necesario para vivir esa realidad, ya sean nombres de objetos, normas sociales o hábitos.

Otros beneficios de los cuentos

Las narraciones infantiles aportan otros beneficios a los más pequeños además de ayudarles a mejorar su vocabulario. También son una excelente puerta de entrada para que descubran el placer de la lectura. Para ello, deben ser, además de educativos, entretenidos. Contar historias es una de las mejores actividades que pueden compartir los padres con sus hijos porque, cuando se cuentan con emoción y cariño, se establece un nexo especial.

Por otro lado, escucharlos ayuda a trasmitir valores y a desarrollar su capacidad reflexiva, ya que deben pensar sobre lo que les pasa a los personajes y, además, establecen conexiones con lo que ellos, o personas cercanas, viven. De la misma manera, escuchar los mismos relatos varias veces es una excelente gimnasia para fortalecer la memoria.

CÓMO LEER UN CUENTO A UN NIÑO

  • Cualquier momento es bueno: parece casi obligado leer un cuento cuando el niño se va a la cama, pero no tiene por qué ser este el único momento del día.
  • Es muy importante que el niño tenga un rol activo mientras escuchan. Hay que hacerles preguntas para que estén bien conectados con lo que se les cuenta. Es conveniente interrogarles si algún elemento de lo historia o algo que le pasa a algún personaje, les recuerda a ellos o a un amigo suyo.
  • Si el libro tiene imágenes es aconsejable hacerle preguntas sobre estas, para que las describa con el máximo detalle.
  • Las preguntas sobre las imágenes del cuento o sobre la propia historia no deben ser de respuesta dicotómica (sí o no). Si se realizan cuestiones abiertas el niño podrá trabajar su vocabulario.
  • No es necesario ser un buen actor, pero leer un cuento exige meterse en la piel de, por lo menos, algunos de los personajes que aparecen. No es muy divertido para el oyente utilizar el mismo tono monocorde de voz cuando habla un personaje malvado que cuando habla una princesa desvalida.
  • Leer el relato sin miedo a las preguntas, no hay que temer preguntar a los niños sobre lo que sienten los personajes. Así, se les ayuda a proyectar sus sentimientos.

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El contacto con la naturaleza disminuye el estrés en los niños

Written by salud infantil on August 4th, 2011 in Pediatria.

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El contacto con la naturaleza disminuye el estrés en los niños

La cercanía de la naturaleza protege de manera especial a los niños que son más vulnerables al estrés

No solo los adultos sufren estrés; los niños tampoco están exentos de este trastorno. La imposibilidad de dar una respuesta adecuada a las exigencias diarias provoca también en los más pequeños estados de ansiedad. No obstante, un reciente estudio asegura que vivir y estudiar en entornos naturales es un factor protector de este estado en los niños. Numerosas investigaciones señalan que el contacto con la naturaleza mejora el rendimiento cognitivo y ayuda al desarrollo personal de los más pequeños.

Por JOSÉ ANDRÉS RODRÍGUEZ

Un buen paseo por el campo, una mañana en una playa tranquila o una estimulante excursión por la montaña son un excelente antídoto para que los niños sufran menos tensión (provocada por situaciones agobiantes que, a menudo, causan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos). Disfrutar de la cercanía de la naturaleza permite rebajar el nivel de estrés en la población infantil, según una investigación llevada a cabo por José Antonio Corraliza, sociólogo y catedrático de Psicología, y Silvia Collado, psicóloga, ambos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Colegios cercanos a la naturaleza

Para realizar este trabajo, los autores evaluaron diversos colegios de la ciudad de Cuenca con una Escala de Observación de Naturaleza Cercana, que permite evaluar de forma objetiva la naturaleza cercana a los niños en el entorno de su vivienda, en el entorno escolar y en su día a día. De este modo, seleccionaron cuatro colegios: un colegio con naturaleza cercana muy alta, un colegio con naturaleza cercana alta, un colegio con naturaleza cercana media y un colegio con naturaleza cercana baja.

Los investigadores seleccionaron a un grupo de 172 niños, de edades comprendidas entre los 10 y los 13 años. Después, analizaron, mediante la Escala de Estrés Percibido de M.C. Martorell, el nivel de estrés de los niños y su relación con la cercanía de la naturaleza. Para evaluarlo, eligieron cinco situaciones que suelen ser estresantes en los más pequeños: no pasar suficiente tiempo con los progenitores, no tener suficiente dinero para gastar en lo que se quiere, no tener tiempo para hacer los deberes, que los padres discutan delante de ellos y no tener nada que hacer.

Quienes mostraban más estrés eran quienes acudían al colegio con una naturaleza cercana baja, mientras que quienes mostraban menos tensión eran los alumnos del colegio con una naturaleza cercana muy alta. Es decir, cuanto más naturaleza hay, menor nivel de estrés se detecta en los niños. Otro de los datos destacables del citado estudio es que la cercanía de la naturaleza es un factor muy importante en los niños que son más vulnerables.

Naturaleza beneficiosa

Numerosas investigaciones han señalado que vivir lejos de la naturaleza tiene consecuencias negativas para la salud mental y física. Es lo que se conoce como “síndrome de déficit de la naturaleza”. La ausencia o la escasa presencia de naturaleza afecta el rendimiento cognitivo de los niños. Disfrutar de la cercanía de la naturaleza hace sentirse más libres y los diagnosticados de déficit de atención crónico mejoran de sus síntomas.

Según el psicólogo y pedagogo estadounidense William Crain, los niños que pasan suficiente tiempo en plena naturaleza desarrollan más sentimientos positivos hacia otras personas, se sienten en mayor armonía con el mundo y están más relajados.

Cerebro, tensión y ciudad

Las consecuencias negativas de vivir o estudiar lejos de la naturaleza no afectan solo a la población infantil. Según un reciente estudio publicado en la revista “Nature”, científicos alemanes y canadienses han identificado un patrón de activación cerebral ante estados de tensión que únicamente se encuentran en las personas que viven en las grandes ciudades.

El estrés es uno de los más importantes factores que precipitan el desarrollo de trastornos como la ansiedad, la depresión e, incluso, la esquizofrenia. No obstante, esto no es todo. Es conocido que, además de contribuir al surgimiento de desórdenes mentales, hay muchas patologías que se agravan o aceleran a consecuencia de mantener un estado de tensión permanente. Diversas investigaciones documentan la incidencia de disfunciones cardíacas, digestivas, circulatorias y hormonales.

A pesar de que los autores de este estudio admiten que las hormonas sufren una transformación como consecuencia de la vida en la ciudad, reconocen también que han encontrado una relación entre vivir en un ambiente urbano y alto grado de estrés, pero no una asociación causa-efecto.

BIOFILIA O LA PASIÓN POR TODO SER VIVIENTE

“Biofilia” (“Biophilia”, en inglés) es un libro del biólogo estadounidense Edward Osborne Wilson, en el que habla, precisamente, de qué significa este término: “La afiliación emocional innata de los seres humanos hacia otros organismos vivos”. La teoría de Wilson es que los seres humanos sienten un estrecho vínculo con la naturaleza, ya que se vive en pleno contacto con ella como especie durante miles y miles de años. Wilson tomó este concepto del psicoanalista Erich Fromm, que la definió como “la pasión por todo lo viviente”. Según Wilson, los seres humanos evolucionan en ambientes naturales ricos en biodiversidad y todavía se tiene esa afinidad por estos entornos. Y, parece obvio, que las ciudades son el mejor lugar para reprimir esa biofilia.

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Autoestima factor clave para el desarrollo de una personalidad sana

NELSON RIQUELME PEREIRA*

Es que yo no sirvo para nada, licenciado. Yo soy muy bruto’, me dijo Clemente como explicación a mi pregunta sobre sus calificaciones. Clemente, niño de nueve años, tenía varios fracasos escolares y en el curso de las entrevistas de evaluación se hizo manifiesto que también tenía un pobre concepto de sí mismo. Por tanto, entre las recomendaciones que se hicieron a sus padres se les sugirió matricular a Clemente en unas clases de afianzamiento académico y en un programa de fortalecimiento de la autoestima.

La autoestima es la creencia que se tiene acerca de uno mismo, de las cualidades, destrezas y capacidades que adornan la propia personalidad y la manera particular de sentir y de pensar que tiene una persona y que constituye su imagen personal o autoimagen. En otras palabras, autoestima es la valoración que hace la persona de sí misma teniendo en cuenta las experiencias y las vivencias fundamentales de su vida que lo llevan a sentirse inteligente, capaz, a gusto con su apariencia o todo lo contrario.

Una buena autoestima, sentirse bien consigo mismo, es fundamental para la realización del potencial individual y el crecimiento personal de Clemente. Así, sintiéndose bien consigo mismo, teniendo buena estima, las personas pueden enfrentarse a los problemas, pueden resolver mejor los retos y asumir correctamente las responsabilidades que les depara la vida. Una autoestima sana no previene de la ocurrencia de problemas, pero prepara mejor para cuando estos se presentan.

Pero, ¿cómo se forma la autoestima? La estima personal se desarrolla a lo largo de la vida, nutriéndose de las experiencias, los sentimientos y los pensamientos de valía o incompetencia que la interacción humana produzcan en el individuo. Poco a poco el niño va descubriendo sus capacidades y su singularidad, conociendo que es aceptado por unas personas y puede ser rechazado por otras y a partir de ‘estas experiencias tempranas de aceptación y rechazo de los demás es cuando comienza a generar una idea sobre lo que vale, por lo que vale o deja de valer’.

Lo importante acerca de la autoestima es como la persona percibe e interioriza las nociones acerca de su valía o incompetencia proferidas por otras personas. En tal sentido, la baja autoestima se produce cuando, como resultado de la interacción con personas significativas o por la propia experiencia, el sujeto se percibe a sí mismo como un individuo de poco valor. En estos casos, la persona tiene una visión distorsionada de lo que es, de su realidad, lo que lo puede llevar a ser extremadamente perfeccionista o excesivamente negligente en sus acciones.

La persona con baja autoestima, como resultado de la distorsión de su pensamiento, posee un diálogo interior inadecuado caracterizado por generalizaciones de hechos aislados, descalificaciones o ataques a sí mismo y pensamiento absolutista (todo o nada). También, se culpa por todo lo que ocurre o culpa a otros, supone que todo lo que pasa tiene que ver con él, cree erróneamente que puede plantear lo que las personas piensan o sienten sobre él, que él debe asumir responsabilidad por lo que sucede a su alrededor o bien que carece de control sobre lo que acontece y cuando hace algo por los demás espera y exige retribución inmediata y plena de sus favores. Además, suele plantearse a sí mismo que lo que él piensa y siente refleja la verdad, es toda la verdad y es la única verdad posible. Si una persona quiere cambiar o mejorar su autoestima, puede recurrir a las siguientes estrategias:

Puede procurar convertir los pensamientos negativos en pensamientos positivos. Acostumbrarse a pensar positivamente en las cosas, las situaciones y sobre las personas. Por ejemplo: cambiar los pensamientos del tipo ‘No hago nada bien’, por pensamientos del tipo ‘Puedo tener éxito cuando me propongo’.

No hacer generalizaciones: tomar las experiencias negativas como episodios desafortunados y no como tendencias que no se pueden modificar.

Ser conscientes de los logros y del esfuerzo, empeñándose en dar lo mejor de sí en cada situación o ante cada reto. Pensar que lo que vale es el esfuerzo que se hace para lograr las metas y los objetivos personales y sociales.

No hacer comparaciones: pensar que todas las personas son únicas y valiosas; incluyéndolo a él.

Confiar en sus destrezas, habilidades y en sí mismos y, por lo tanto, confiar en su capacidad de afrontar las exigencias de la vida.

Aceptarse a sí mismos, mejorando lo que se pueda y teniendo una relación saludable con la realidad, consigo mismo y con las personas que le rodean.

Atreverse a soñar, porque en la vida se obtiene lo que alguna vez se soñó y se atrevió a buscar con todas sus fuerzas.

El fortalecimiento de la autoestima es una tarea que puede ser dirigida por los padres. Estos por medio de procesos de comunicación efectiva, de valores bien pensados y de disciplina integral puede, desde que los niños están pequeños, ir dirigiendo y moldeando la personalidad de sus hijos.

*AUTOR DEL LIBRO EDUCACIÓN CON TERNURA.

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Mejor calidad del sueño infantil con rutinas de descanso

Written by salud infantil on June 14th, 2011 in Pediatria.

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Mejor calidad del sueño infantil con rutinas de descanso

La persistencia de trastornos del sueño en la infancia es un indicador de la falta crónica de descanso nocturno

Dos de los trastornos del sueño pediátricos más habituales son el sonambulismo y las pesadillas. Si bien en la infancia son habituales y no constituyen un motivo de preocupación, la falta de rutinas en el momento de acostarse puede aumentar su frecuencia y, más tarde, convertirlas en un problema importante. El impacto de algunos trastornos durante el tiempo de descanso nocturno puede provocar irritabilidad, fatiga diurna, ansiedad y fracaso escolar. Por otro lado, un descanso deficiente o insuficiente induce, en ocasiones, a consecuencias negativas a largo plazo.

Por NÚRIA LLAVINA RUBIO

A ciertas edades se considera habitual y, por lo tanto, no preocupante. Sin embargo, sufrir sonambulismo y pesadillas o terrores nocturnos puede convertirse en un problema, ante la falta de rutina en el momento de acostarse por la noche. Esto sucede a un 15% de los menores entre 6 y 15 años, una cifra que corresponde al porcentaje de niños y adolescentes que carecen de un horario fijo para ir a dormir. Ocho de cada diez lo hacen cuando ellos quieren.

Estas son las principales conclusiones de un estudio español reciente, llevado a cabo por investigadores de la Unidad del Sueño del Hospital Quirón, en Valencia. Entre las 1.500 encuestas realizadas a escolares de esta comunidad, otros datos apuntan que solo un 19% de los adolescentes de 12 a 15 años se acuesta a una hora determinada cuando al día siguiente tiene que ir a estudiar y casi el 9% de los escolares de 6 a 8 años se queda dormido en la cama cuando debería despertarse. Los investigadores achacan este cambio de hábitos a una paulatina relajación de las normas que regulan la vida cotidiana de los más pequeños y que, en los últimos años, ha afectado incluso a los límites horarios para ir a dormir.

Más trastornos del sueño

Muchos procesos biológicos ocurren de noche. El descanso nocturno provee al cuerpo de su necesidad diaria de restitución y recuperación fisiológicas. El déficit crónico de esta “tregua” se asocia desde hace muchos años al fracaso escolar, porque los niños se duermen o no atienden en clase, están muy cansados, registran ausencia de concentración, falta de control o impulsividad. El descanso ineficaz también se ha relacionado con un aumento de peso, tanto en la infancia como en la adolescencia y la adultez.

De la misma manera, la falta constante de sueño puede provocar la persistencia de trastornos como pesadillas o sonambulismo: más de la mitad de los adolescentes que participó en el estudio reconoció que sufría las primeras más de una vez por semana. Si bien ambas condiciones tienden a superarse con el paso de los años (los expertos creen que se debe a la propia inmadurez del sistema nervioso central durante la niñez y a factores genéticos), el aumento en su frecuencia puede empeorar el estado funcional del organismo durante el día.

Sonambulismo

El sonambulismo es el trastorno más habitual que sufre una persona. Es más prevalente en la infancia y, mientras ocurre, el afectado está dormido, aunque es capaz de levantarse de la cama con los ojos abiertos y realizar alguna tarea sencilla, deambular por la casa, hablar o chillar. Más allá del peligro que reviste chocar contra algún objeto o caerse, no es una afección grave. A menudo son episodios breves, de pocos minutos.

Tampoco provoca secuelas mentales ni deja huella en el subconsciente y la actividad física que lleva implícita no implica que el niño deje de descansar. A la mañana siguiente, se levanta como si nada hubiera ocurrido. Si se les pregunta, los afectados responden de manera lenta o no responden. Si se les devuelve a la cama sin despertar, rara vez recuerdan el evento. Los niños mayores, que pueden despertarse de forma más fácil al final de un episodio, a menudo se sienten avergonzados por el comportamiento (sobre todo si no era apropiado).

Este trastorno no tiene ninguna relación con anteriores problemas del sueño, dormir solo o acompañado en una habitación o con el miedo a la oscuridad. Los expertos han sugerido que la mala calidad del descanso nocturno entre los 4 y 5 años, sufrir despertares frecuentes durante el primer año de vida, es un factor de riesgo que favorece esta parasomnia.

Para tratar este trastorno, a menudo, solo es necesario mejorar los hábitos en el momento de irse a la cama. Si el problema se agrava o persiste durante la adolescencia, es necesario consultar a un especialista. Para minimizar los riesgos del pequeño sonámbulo, se recomienda proteger el entorno para que no se haga daño y asegurarse de cerrar bien puertas y ventanas para que no se vaya o pueda caer, así como quitar objetos puntiagudos o frágiles cercanos a la cama.

Una creencia común, aunque equivocada, es que no se debe despertar a un sonámbulo. Los especialistas aseguran que lo mejor es darle instrucciones sencillas de entender, que faciliten la vuelta a la cama. No obstante, en ocasiones hay que despertarle para evitar algún peligro.

Más pesadillas sin rutinas

Las pesadillas, más frecuentes también en niños que en adultos, causan fuertes sentimientos de miedo, terror, angustia o ansiedad. Además de la falta de rutinas de descanso o del estrés, pueden estar provocadas por multitud de factores, como la apnea del sueño, eventos traumáticos (muerte de un ser querido), sensación de inseguridad, angustia, consumo excesivo de alcohol, efectos secundarios de fármacos, enfermedades, fiebre o dolor e, incluso, suceden por comer justo antes de ir a la cama, entre otros motivos.

Para prevenir cualquier trastorno del sueño durante la infancia, es necesario seguir unas pautas estables: ir a la cama y despertarse siempre a la misma hora, además de descansar las horas suficientes. Los rituales antes de ir a dormir también son importantes, como que el pequeño se acueste con algún objeto tranquilizante, como un muñeco, o se le lea un cuento. Pero los padres deben ser cuidadosos y dejar claro que hay un momento en el que se apaga la luz y se debe dormir.

Como los niños no identifican con facilidad el motivo desencadenante de sus pesadillas, el papel de los progenitores es fundamental. Hay que tranquilizarles, dar seguridad y aportar un rato de calma antes de acostarse (sin televisión o imágenes que les puedan causar temor). En caso de que sean recurrentes, se puede incitar al niño a hablar sobre ello y a representarlo en la realidad, pero con un final feliz. Este trastorno no es un problema para el desarrollo infantil ni para la salud. Si se sufre de manera frecuente, se mantienen a lo largo del tiempo o es un impedimento para llevar a cabo actividades cotidianas con normalidad, se recomienda consultar con un profesional para que evalúe si hay algún problema emocional o físico que tratar.

CEREBRO ENVEJECIDO

A largo plazo, un sueño poco adecuado llega a “envejecer” el cerebro, según un estudio que acaba de publicar la revista “Sleep”. Titulado “Change in Sleep Duration and Cognitive Function: Findings from the Whitehall II Study”, investigadores de la Facultad de Medicina del Colegio Universitario de Londres han llevado a cabo este trabajo, que ha asociado tanto la falta como el exceso de horas de sueño con un declive en la función del cerebro, que equivaldría a tener entre cuatro y siete años más de edad.

La falta crónica de descanso por la noche provoca mayor secreción de hormonas y sustancias químicas en el cuerpo, que aumentan el riesgo de desarrollar enfermedad cardíaca y accidentes cerebrovasculares, así como hipertensión, colesterol, diabetes y obesidad.

No obstante, a corto plazo, una pérdida pequeña de tiempo de sueño, (una hora menos de lo necesario) de manera crónica en el inicio de la infancia se relaciona con un peor rendimiento escolar al comienzo de la escolaridad (con 6 años). Pocas horas de sueño durante los primeros 4 años de vida multiplican por tres el riesgo de un desarrollo del lenguaje más lento. Estos datos constatan que es probable que haya un período crítico del desarrollo infantil en el que el déficit de descanso nocturno es dañino, incluso a pesar de que la alteración se normalice años después. Es fundamental, por tanto, establecer rutinas desde la infancia.

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“El TDAH es una de las patologías mentales con el tratamiento más eficaz”

Celso Arango, director científico del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM)

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) se puede combatir con tratamientos muy eficaces. Su detección precoz, que se puede diagnosticar a partir de los 4 o 5 años de edad en los casos más graves, es el principal caballo de batalla en el manejo y atención. La colaboración de padres y profesores y la mejor formación de los profesionales médicos en la especialidad de psiquiatría infanto-juvenil son cruciales para mejorar tanto el diagnóstico como la atención al TDAH. Hoy todavía se diagnostica poco y tarde, según informa en esta entrevista Celso Arango, jefe de Sección de psiquiatría infanto-juvenil del Hospital Universitario Gregorio Marañón, de Madrid, director científico del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM) y secretario de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica (SEPB).

Por CLARA BASSI

¿Cuántos niños sufren TDAH?

Un porcentaje que ronda entre el 3% y el 5% de la población en edad escolar.

¿Este dato se ha mantenido estable a lo largo del tiempo o ha aumentado?

Se ha mantenido estable, pero la detección ha mejorado y el número de casos también ha aumentado. Es una patología muy determinada biológica y genéticamente y, a diferencia de otras, como la ansiedad o la depresión, que están condicionadas por los estilos de vida, la interacción con las familias, el afrontamiento de las dinámicas familiares, patrones educativos y factores psicosociales, el TDAH o el autismo son menos susceptibles al cambio.

¿Es más frecuente en niños que en niñas?

Sí, todo aquello que se exterioriza es más frecuente en los niños y varones que en las niñas y mujeres. Ellas sufren más otros problemas como la depresión, que se expresan menos al exterior.

¿En qué porcentaje de casos el TDAH persiste en la edad adulta?

A partir del quinto año de vida, se produce el desarrollo de una gran cantidad de sinapsis (conexiones neuronales) en el cerebro y una maduración del sistema nervioso central. Gracias a ello, poco a poco, se adquieren habilidades de autocontrol, la capacidad de atención mejora con la edad y muchos síntomas del TDAH disminuyen. Hasta el 70% de los TDAH desaparecen en la edad adulta.

¿Está poco diagnosticado este trastorno?

Depende del contexto. Es una patología probablemente sobrediagnosticada en EE.UU., mientras que en otros países, al no haber una buena formación de pediatras y de especialistas en psiquiatría infanto-juvenil, está por debajo. No obstante, en los últimos años se han detectado, por primera vez, una gran cantidad de casos en adultos, en quienes no se habían identificado los síntomas antes. Esta enfermedad puede mantenerse en la edad adulta, pero nunca empieza en ella. No surge de repente, a los 17 o a los 24 años. Se desarrolla desde el nacimiento y comienza a manifestarse a partir de los 4 o 5 años.

¿Es a partir de entonces cuando se puede diagnosticar?

Sí, sobre todo en los casos graves, a partir de los 4 o 5 años.

¿Se tarda mucho en tener el diagnóstico certero?

Bastante, porque siempre supone un problema en las patologías de la infancia y la adolescencia, en las que hay un retraso diagnóstico importante. Ello repercute en el pronóstico. Si el TDAH no se empieza a tratar de forma adecuada, se pierden unos años fundamentales. No es lo mismo diagnosticar a los 41 años una enfermedad que ha empezado a los 40, ya que un año a esta edad no es un período crítico, que tener un retraso diagnóstico de un año entre los 5, 6 y 7 años de vida. A estas edades, un año es primordial para la adquisición de habilidades y capacidades y, cuanto antes se pueda intervenir, menos problemas tendrán los niños afectados en la clase, con sus profesores y en su rendimiento académico, ya que irá menos retrasado respecto al resto de sus compañeros. Intervenir pronto es fundamental para el pronóstico.

¿El diagnóstico precoz y su tratamiento son claves para que no se perpetúe en la vida adulta?

Efectivamente. Es un factor para impedir su evolución crónica.

¿Qué pistas pueden hacer sospechar a una familia que su hijo tiene TDAH?

Suelen ser niños que muchas madres llaman “culos inquietos” porque no paran en ningún sitio, no pueden guardar un turno, necesitan hacer las cosas aquí y ahora, de forma inmediata. Cambian de manera constante de juguete: tienen uno en la mano, lo dejan y cogen otro. Si ven la televisión, empiezan a ver una película y al cabo de diez minutos se distraen. Son incapaces de estar más de cinco minutos leyendo o empiezan una actividad a la vez que otra y no son capaces de realizarla de manera sostenida.

¿Hay disponible un tratamiento eficaz para esta afección?

El TDAH es una de las patologías mentales más agradecidas desde el punto de vista farmacológico, ya que con el tratamiento actual se consigue una eficacia mucho más alta que en otros trastornos como la depresión, la ansiedad u otros más graves, como la esquizofrenia o el autismo. La eficacia de los fármacos disponibles, como el metilfenidato, es muy alta, aunque también es necesario realizar una intervención en el ámbito familiar y, a veces, en el contexto escolar. La medicación sola no basta. Si un niño se sienta en el aula en primera fila, tiene menos posibilidades de tener un factor distractor. Si se puede eliminar la música y el ruido, también se distraerá menos, etc.

¿Qué consejos le daría a la familia de un niño con TDAH?

Es fundamental reconocer el esfuerzo que realizan. En el caso de estos chicos, es como si tuvieran un motor interno que va a más revoluciones de lo habitual. Y han nacido así, no son culpables. Hacen un gran esfuerzo y todo lo que hacen les cuesta entre tres y cuatro veces más que al resto de la población de su misma edad. Es de vital importancia tener en cuenta cualquier logro para mejorar su autoestima, ya que, por su manera de ser, a menudo rompen cosas y es fácil que tengan una baja autoestima. Por lo tanto, en clase hay que fomentar su reconocimiento. También es de gran ayuda que hagan actividades deportivas, donde pueden liberar una gran cantidad de energía.

¿Hay muchos deportistas con TDAH?

Sí los hay, y también grandes profesionales en psiquiatría.

Entonces, ¿se puede llevar una vida normal con TDAH?

La persona afectada puede llevar una vida normal, aunque le cueste más que a otra, porque el mismo TDAH le limite y sus posibilidades sean menores. Además, aunque pueda hacer una vida normal y alcance cierto techo, los afectados tienen que estar por encima de la media para que se note y sea reconocido. El TDAH interfiere en su desarrollo.

POCA FORMACIÓN EN PSIQUIATRÍA INFANTO-JUVENIL

Una de las claves del retraso diagnóstico que acusan los niños afectados por el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es la escasa formación en psiquiatría infanto-juvenil que reciben los médicos en nuestro país. Hoy en día, una vez que terminan la carrera de medicina, estos profesionales se forman durante cuatro años más como especialistas en psiquiatría, pero durante ese período solo se forman cuatro meses en psiquiatría infanto-juvenil.

Este tiempo se considera insuficiente. En palabras de Celso Arango, “es excesivamente corto para tener una buena formación en niños y adolescentes, por las connotaciones distintas que tienen esas edades, cuando las evaluaciones son más complicadas, suceden cosas más graves y no basta con entrevistar al afectado, sino que también hay que hacerlo a padres y profesores”. Arango considera que un niño puede no ser lo suficiente hiperactivo como para que se le note cuando juega en casa, “pero sí en el colegio, donde debe permanecer muchas horas sentado y donde los maestros pueden detectar los casos más graves”.

La Administración debería poner el hilo en la aguja para mejorar la formación de los profesionales que se dedican al TDAH. No obstante, hace poco ha ocurrido un pequeño paso adelante: el reciente anuncio, por parte de la ministra de Sanidad, Política Social e Igualdad, Leire Pajín, de que antes de acabar el año se aprobará la especialidad de psiquiatría infanto-juvenil. “Los médicos especialistas se formarán durante cuatro años en lugar de durante cuatro meses”, expone Arango. Esto permitirá mejorar la atención a los trastornos mentales de los niños y adolescentes, en general, y del TDAH, en particular.

Junto con la formación de los profesionales, otros factores claves que contribuyen a mejorar la atención del TDAH son: su detección precoz, el tratamiento integral y el trabajo en equipo, tanto por parte de los médicos de atención primaria como de los pediatras, médicos de cabecera y psiquiatras, así como de los educadores y profesores. Esta colaboración multidisciplinar es necesaria, puesto que este trastorno entraña riesgo de sufrir otras enfermedades y de consumo de sustancias.

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