Archive for June, 2011

Autoestima factor clave para el desarrollo de una personalidad sana

Written by salud infantil on Thursday, June 30th, 2011 in Pediatria.

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Autoestima factor clave para el desarrollo de una personalidad sana

NELSON RIQUELME PEREIRA*

Es que yo no sirvo para nada, licenciado. Yo soy muy bruto’, me dijo Clemente como explicación a mi pregunta sobre sus calificaciones. Clemente, niño de nueve años, tenía varios fracasos escolares y en el curso de las entrevistas de evaluación se hizo manifiesto que también tenía un pobre concepto de sí mismo. Por tanto, entre las recomendaciones que se hicieron a sus padres se les sugirió matricular a Clemente en unas clases de afianzamiento académico y en un programa de fortalecimiento de la autoestima.

La autoestima es la creencia que se tiene acerca de uno mismo, de las cualidades, destrezas y capacidades que adornan la propia personalidad y la manera particular de sentir y de pensar que tiene una persona y que constituye su imagen personal o autoimagen. En otras palabras, autoestima es la valoración que hace la persona de sí misma teniendo en cuenta las experiencias y las vivencias fundamentales de su vida que lo llevan a sentirse inteligente, capaz, a gusto con su apariencia o todo lo contrario.

Una buena autoestima, sentirse bien consigo mismo, es fundamental para la realización del potencial individual y el crecimiento personal de Clemente. Así, sintiéndose bien consigo mismo, teniendo buena estima, las personas pueden enfrentarse a los problemas, pueden resolver mejor los retos y asumir correctamente las responsabilidades que les depara la vida. Una autoestima sana no previene de la ocurrencia de problemas, pero prepara mejor para cuando estos se presentan.

Pero, ¿cómo se forma la autoestima? La estima personal se desarrolla a lo largo de la vida, nutriéndose de las experiencias, los sentimientos y los pensamientos de valía o incompetencia que la interacción humana produzcan en el individuo. Poco a poco el niño va descubriendo sus capacidades y su singularidad, conociendo que es aceptado por unas personas y puede ser rechazado por otras y a partir de ‘estas experiencias tempranas de aceptación y rechazo de los demás es cuando comienza a generar una idea sobre lo que vale, por lo que vale o deja de valer’.

Lo importante acerca de la autoestima es como la persona percibe e interioriza las nociones acerca de su valía o incompetencia proferidas por otras personas. En tal sentido, la baja autoestima se produce cuando, como resultado de la interacción con personas significativas o por la propia experiencia, el sujeto se percibe a sí mismo como un individuo de poco valor. En estos casos, la persona tiene una visión distorsionada de lo que es, de su realidad, lo que lo puede llevar a ser extremadamente perfeccionista o excesivamente negligente en sus acciones.

La persona con baja autoestima, como resultado de la distorsión de su pensamiento, posee un diálogo interior inadecuado caracterizado por generalizaciones de hechos aislados, descalificaciones o ataques a sí mismo y pensamiento absolutista (todo o nada). También, se culpa por todo lo que ocurre o culpa a otros, supone que todo lo que pasa tiene que ver con él, cree erróneamente que puede plantear lo que las personas piensan o sienten sobre él, que él debe asumir responsabilidad por lo que sucede a su alrededor o bien que carece de control sobre lo que acontece y cuando hace algo por los demás espera y exige retribución inmediata y plena de sus favores. Además, suele plantearse a sí mismo que lo que él piensa y siente refleja la verdad, es toda la verdad y es la única verdad posible. Si una persona quiere cambiar o mejorar su autoestima, puede recurrir a las siguientes estrategias:

Puede procurar convertir los pensamientos negativos en pensamientos positivos. Acostumbrarse a pensar positivamente en las cosas, las situaciones y sobre las personas. Por ejemplo: cambiar los pensamientos del tipo ‘No hago nada bien’, por pensamientos del tipo ‘Puedo tener éxito cuando me propongo’.

No hacer generalizaciones: tomar las experiencias negativas como episodios desafortunados y no como tendencias que no se pueden modificar.

Ser conscientes de los logros y del esfuerzo, empeñándose en dar lo mejor de sí en cada situación o ante cada reto. Pensar que lo que vale es el esfuerzo que se hace para lograr las metas y los objetivos personales y sociales.

No hacer comparaciones: pensar que todas las personas son únicas y valiosas; incluyéndolo a él.

Confiar en sus destrezas, habilidades y en sí mismos y, por lo tanto, confiar en su capacidad de afrontar las exigencias de la vida.

Aceptarse a sí mismos, mejorando lo que se pueda y teniendo una relación saludable con la realidad, consigo mismo y con las personas que le rodean.

Atreverse a soñar, porque en la vida se obtiene lo que alguna vez se soñó y se atrevió a buscar con todas sus fuerzas.

El fortalecimiento de la autoestima es una tarea que puede ser dirigida por los padres. Estos por medio de procesos de comunicación efectiva, de valores bien pensados y de disciplina integral puede, desde que los niños están pequeños, ir dirigiendo y moldeando la personalidad de sus hijos.

*AUTOR DEL LIBRO EDUCACIÓN CON TERNURA.

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Mejor calidad del sueño infantil con rutinas de descanso

Written by salud infantil on Tuesday, June 14th, 2011 in Pediatria.

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Mejor calidad del sueño infantil con rutinas de descanso

La persistencia de trastornos del sueño en la infancia es un indicador de la falta crónica de descanso nocturno

Dos de los trastornos del sueño pediátricos más habituales son el sonambulismo y las pesadillas. Si bien en la infancia son habituales y no constituyen un motivo de preocupación, la falta de rutinas en el momento de acostarse puede aumentar su frecuencia y, más tarde, convertirlas en un problema importante. El impacto de algunos trastornos durante el tiempo de descanso nocturno puede provocar irritabilidad, fatiga diurna, ansiedad y fracaso escolar. Por otro lado, un descanso deficiente o insuficiente induce, en ocasiones, a consecuencias negativas a largo plazo.

Por NÚRIA LLAVINA RUBIO

A ciertas edades se considera habitual y, por lo tanto, no preocupante. Sin embargo, sufrir sonambulismo y pesadillas o terrores nocturnos puede convertirse en un problema, ante la falta de rutina en el momento de acostarse por la noche. Esto sucede a un 15% de los menores entre 6 y 15 años, una cifra que corresponde al porcentaje de niños y adolescentes que carecen de un horario fijo para ir a dormir. Ocho de cada diez lo hacen cuando ellos quieren.

Estas son las principales conclusiones de un estudio español reciente, llevado a cabo por investigadores de la Unidad del Sueño del Hospital Quirón, en Valencia. Entre las 1.500 encuestas realizadas a escolares de esta comunidad, otros datos apuntan que solo un 19% de los adolescentes de 12 a 15 años se acuesta a una hora determinada cuando al día siguiente tiene que ir a estudiar y casi el 9% de los escolares de 6 a 8 años se queda dormido en la cama cuando debería despertarse. Los investigadores achacan este cambio de hábitos a una paulatina relajación de las normas que regulan la vida cotidiana de los más pequeños y que, en los últimos años, ha afectado incluso a los límites horarios para ir a dormir.

Más trastornos del sueño

Muchos procesos biológicos ocurren de noche. El descanso nocturno provee al cuerpo de su necesidad diaria de restitución y recuperación fisiológicas. El déficit crónico de esta “tregua” se asocia desde hace muchos años al fracaso escolar, porque los niños se duermen o no atienden en clase, están muy cansados, registran ausencia de concentración, falta de control o impulsividad. El descanso ineficaz también se ha relacionado con un aumento de peso, tanto en la infancia como en la adolescencia y la adultez.

De la misma manera, la falta constante de sueño puede provocar la persistencia de trastornos como pesadillas o sonambulismo: más de la mitad de los adolescentes que participó en el estudio reconoció que sufría las primeras más de una vez por semana. Si bien ambas condiciones tienden a superarse con el paso de los años (los expertos creen que se debe a la propia inmadurez del sistema nervioso central durante la niñez y a factores genéticos), el aumento en su frecuencia puede empeorar el estado funcional del organismo durante el día.

Sonambulismo

El sonambulismo es el trastorno más habitual que sufre una persona. Es más prevalente en la infancia y, mientras ocurre, el afectado está dormido, aunque es capaz de levantarse de la cama con los ojos abiertos y realizar alguna tarea sencilla, deambular por la casa, hablar o chillar. Más allá del peligro que reviste chocar contra algún objeto o caerse, no es una afección grave. A menudo son episodios breves, de pocos minutos.

Tampoco provoca secuelas mentales ni deja huella en el subconsciente y la actividad física que lleva implícita no implica que el niño deje de descansar. A la mañana siguiente, se levanta como si nada hubiera ocurrido. Si se les pregunta, los afectados responden de manera lenta o no responden. Si se les devuelve a la cama sin despertar, rara vez recuerdan el evento. Los niños mayores, que pueden despertarse de forma más fácil al final de un episodio, a menudo se sienten avergonzados por el comportamiento (sobre todo si no era apropiado).

Este trastorno no tiene ninguna relación con anteriores problemas del sueño, dormir solo o acompañado en una habitación o con el miedo a la oscuridad. Los expertos han sugerido que la mala calidad del descanso nocturno entre los 4 y 5 años, sufrir despertares frecuentes durante el primer año de vida, es un factor de riesgo que favorece esta parasomnia.

Para tratar este trastorno, a menudo, solo es necesario mejorar los hábitos en el momento de irse a la cama. Si el problema se agrava o persiste durante la adolescencia, es necesario consultar a un especialista. Para minimizar los riesgos del pequeño sonámbulo, se recomienda proteger el entorno para que no se haga daño y asegurarse de cerrar bien puertas y ventanas para que no se vaya o pueda caer, así como quitar objetos puntiagudos o frágiles cercanos a la cama.

Una creencia común, aunque equivocada, es que no se debe despertar a un sonámbulo. Los especialistas aseguran que lo mejor es darle instrucciones sencillas de entender, que faciliten la vuelta a la cama. No obstante, en ocasiones hay que despertarle para evitar algún peligro.

Más pesadillas sin rutinas

Las pesadillas, más frecuentes también en niños que en adultos, causan fuertes sentimientos de miedo, terror, angustia o ansiedad. Además de la falta de rutinas de descanso o del estrés, pueden estar provocadas por multitud de factores, como la apnea del sueño, eventos traumáticos (muerte de un ser querido), sensación de inseguridad, angustia, consumo excesivo de alcohol, efectos secundarios de fármacos, enfermedades, fiebre o dolor e, incluso, suceden por comer justo antes de ir a la cama, entre otros motivos.

Para prevenir cualquier trastorno del sueño durante la infancia, es necesario seguir unas pautas estables: ir a la cama y despertarse siempre a la misma hora, además de descansar las horas suficientes. Los rituales antes de ir a dormir también son importantes, como que el pequeño se acueste con algún objeto tranquilizante, como un muñeco, o se le lea un cuento. Pero los padres deben ser cuidadosos y dejar claro que hay un momento en el que se apaga la luz y se debe dormir.

Como los niños no identifican con facilidad el motivo desencadenante de sus pesadillas, el papel de los progenitores es fundamental. Hay que tranquilizarles, dar seguridad y aportar un rato de calma antes de acostarse (sin televisión o imágenes que les puedan causar temor). En caso de que sean recurrentes, se puede incitar al niño a hablar sobre ello y a representarlo en la realidad, pero con un final feliz. Este trastorno no es un problema para el desarrollo infantil ni para la salud. Si se sufre de manera frecuente, se mantienen a lo largo del tiempo o es un impedimento para llevar a cabo actividades cotidianas con normalidad, se recomienda consultar con un profesional para que evalúe si hay algún problema emocional o físico que tratar.

CEREBRO ENVEJECIDO

A largo plazo, un sueño poco adecuado llega a “envejecer” el cerebro, según un estudio que acaba de publicar la revista “Sleep”. Titulado “Change in Sleep Duration and Cognitive Function: Findings from the Whitehall II Study”, investigadores de la Facultad de Medicina del Colegio Universitario de Londres han llevado a cabo este trabajo, que ha asociado tanto la falta como el exceso de horas de sueño con un declive en la función del cerebro, que equivaldría a tener entre cuatro y siete años más de edad.

La falta crónica de descanso por la noche provoca mayor secreción de hormonas y sustancias químicas en el cuerpo, que aumentan el riesgo de desarrollar enfermedad cardíaca y accidentes cerebrovasculares, así como hipertensión, colesterol, diabetes y obesidad.

No obstante, a corto plazo, una pérdida pequeña de tiempo de sueño, (una hora menos de lo necesario) de manera crónica en el inicio de la infancia se relaciona con un peor rendimiento escolar al comienzo de la escolaridad (con 6 años). Pocas horas de sueño durante los primeros 4 años de vida multiplican por tres el riesgo de un desarrollo del lenguaje más lento. Estos datos constatan que es probable que haya un período crítico del desarrollo infantil en el que el déficit de descanso nocturno es dañino, incluso a pesar de que la alteración se normalice años después. Es fundamental, por tanto, establecer rutinas desde la infancia.

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